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...empezaron a asomar entre los pinos hocicos y colas
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Era extraño que de buenas a primeras desaparecieran las ardillas del Monte de Gibralfaro. Al principio no se le dio demasiada importancia-sería algo pasajero, cuestión de días- pero pasaba el tiempo y al no haber rastro de ellas la gente empezó a preocuparse y ponerse triste. Menos mal que los vecinos del lugar conocían a Mar, la cantante y bailarina, amante de estos animales, que con sus melodías y danzas era capaz de muchas cosas imposibles. Su voz era tan irresistible para las ardillas que en cuanto empezó a cantar comenzaron a asomar entre los pinos hocicos y colas. Bajaban rápido por los troncos de los árboles. No lo podían evitar. Atraídas por la belleza. Mar bailaba y cantaba camino del castillo y detrás las ardillas iban formando una fila larga muy cerca unas de otras, como la de los ratones del flautista de Hamelín. A un lado del sendero, sentada sobre el tocón de un pino recién talado, una pareja de enamorados esperaba con nueces en la mano el paso de las ardillas. Llevaban días echándolas de menos. Cómo se alegraron de verlas. Muchas comieron de sus manos. Ya era hora, después de tanto tiempo.