domingo, 14 de enero de 2024

Charles Chaplin


 

10 comentarios:

  1. Casa de El Palo.
    El bastón de Charlot
    en la entradita.

    Es el bastón
    un juego malabar
    para Charlot.

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  2. Hola, Mar:

    Para que acompañen a tu buen dibujo de Charlot con gran bastón, te copiamos cosas de Charlot que ya conoce tu tía Inés. El señor Charles Chaplin contando cómo llegó a ser tan buen actor, cómico y no cómico. Seguro que leerlas os gustará mucho a los tres.

    "(...) Mi madre era actriz cómica en un teatro de variedades, una mujercita MIGNONE cuando lindaba los treinta años, de piel muy blanca, ojos azul violeta y largos cabellos castaño claro, tan largos que se podía sentar sobre ellos. (...)

    Yo apenas conocía la existencia de un padre, y no recuerdo que nunca hubiera vivido con nosotros. Era también artista de varietés, un hombre tranquilo, reconcentrado, de ojos oscuros. Mi madre decía que se parecía a Napoleón. Tenía voz de barítono y se le tenía por un buen actor. Incluso en aquellos días ganaba la considerable suma de 40 libras esterlinas semanales. Lo malo era que bebía demasiado, lo que, según mi madre, fue la causa de su separación.

    A los artistas de ese género les era difícil no beber en aquella época, pues se vendía alcohol en todos los teatros, y después de su trabajo era corriente que fueran al bar del propio teatro a alternar con los espectadores. Había teatros que sacaban más del bar que de la taquilla, y a algunas estrellas les pagaban sueldos elevados no sólo por su talento, sino porque se gastaban la mayor parte del dinero en el bar. Así, más de un artista se echó a perder con la bebida: mi padre fue uno de ellos. Murió, por abusar del alcohol, a la edad de treinta y siete años. (...)

    Mi madre era la mayor de dos hermanas. Su padre, Charles Hill, un zapatero remendón irlandés, vino del condado de Cork, en Irlanda. (...) Mi abuela era medio gitana. Este hecho constituía la vergüenza de la familia. Sin embargo, mi abuela se ufanaba de que su familia había pagado siempre el alquiler del terreno donde acampaba la tribu. (...)

    Nunca supe qué sentimientos abrigaba ella [mi madre] hacia mi padre; pero siempre que hablaba de él lo hacía sin amargura, lo cual me hace sospechar que era demasiado objetiva para haber estado profundamente enamorada. A veces nos hablaba de él con simpatía; pero otras recordaba sus borracheras y sus violencias. En los últimos años, siempre que se enfadaba conmigo solía decir: “Terminarás en el arroyo, como tu padre.”

    (...) Contaba [su madre] anécdotas y las representaba, refiriendo, por ejemplo, un episodio de la vida del emperador Napoleón: éste se halla de puntillas en su biblioteca para coger un libro, pero le interrumpe el mariscal Ney (mi madre representaba ambos papeles, pero siempre con fino humor): “Señor, permítame que se lo alcance. Yo soy más grande.” A lo que Napoleón replica con gesto ceñudo: “¿Más grande? ¡Querrás decir más alto!” (...)

    Me acuerdo de una tarde en nuestra única habitación de la planta baja de de la calle Oakley. Estaba yo en la cama convaleciente de unas fiebres. Sidney [su hermano] se había ido a la escuela nocturna y mi madre y yo estábamos solos. Ya casi anochecía, y ella, sentada, leía de espaldas a la ventana, representando y explicando en su estilo inimitable el Nuevo Testamento, el amor y la piedad del Cristo de los párvulos. Acaso su emoción se debió a mi enfermedad, pero hizo la interpretación más luminosa e impresionante que jamás he visto u oído. Habló de su tolerante comprensión, de la mujer que había pecado, que iba a ser lapidada por el populacho, y de sus palabras: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.”

    Leía entre dos luces, deteniéndose sólo para encender la lámpara. Luego me habló de la fe que Jesucristo inspiraba a los enfermos, quienes no tenían más que tocar sus vestiduras para quedar curados. (...)"

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  3. ANA, MAR,

    Ya sin astilla
    contrató a Harry Potter...
    Que no investiga

    y sólo grita:
    "¡QUE INVESTIGUE CHARLOT!"
    A ver qué hacemos.

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  4. Hola, Mar:

    Al Charlot de tu dibujo se le ve tan contento. ¿Será por su buen bigote y puntiaguda nariz? ¿Será porque tiene un raro bastón menos pesado que se le está escapando de las manos?

    Pues más contento se va a poner todavía cuando recuerde las muchas cosas que contó y que vienen a continuación:

    [...] LO SIENTO, pero no quiero ser emperador. No es lo mío. No quiero gobernar o conquistar a nadie. Me gustaría ayudar a todo el mundo –si fuera posible–: a judíos, gentiles, negros, blancos. Todos nosotros queremos ayudarnos mutuamente.

    Los seres humanos son así. Queremos vivir para la felicidad y no para la miseria ajenas. No queremos odiarnos y despreciarnos mutuamente. En este mundo hay sitio para todos. Y la buena tierra es rica y puede proveer a todos.

    El camino de la vida puede ser libre y hermoso; pero hemos perdido el camino. La avaricia ha envenenado las almas de los hombres, ha levantado en el mundo barricadas de odio, nos ha llevado a la miseria y a la matanza al paso de la oca. Hemos aumentado la velocidad. Pero nos hemos encerrado nosotros mismos dentro de ella. La maquinaria, que proporciona abundancia, nos ha dejado en la indigencia. Nuestra ciencia nos ha hecho cínicos; nuestra inteligencia, duros y faltos de sentimientos. Pensamos demasiado y sentimos demasiado poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y cortesía. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo se perderá.

    El avión y la radio nos han aproximado más. La verdadera naturaleza de estos adelantos clama por la bondad en el hombre, clama por la fraternidad universal, por la unidad de todos nosotros. Incluso ahora, mi voz está llegando a millones de seres de todo el mundo, a millones de hombres, mujeres y niños desesperados, víctimas de un sistema que tortura a los hombres y encarcela a las personas inocentes. A aquellos que puedan oírme, les digo: “No desesperéis.”

    La desgracia que nos ha caído encima no es más que el paso de la avaricia, la amargura de los hombres, que temen el camino del progreso humano. El odio de los hombres pasará, y los dictadores morirán, y el poder que arrebataron al pueblo volverá al pueblo. Y mientras los hombres mueren, la libertad no perecerá jamás.

    ¡Soldados! ¡No os entreguéis a esos bestias, que os desprecian, que os esclavizan, que gobiernan vuestras vidas; decidles lo que hay que hacer, lo que hay que pensar y lo que hay que sentir! Que os obligan a hacer la instrucción, que os tienen a media ración, que os tratan como a ganado y os utilizan como carne de cañón. ¡No os entreguéis a esos hombres desnaturalizados, a esos hombres-máquinas con inteligencia y corazones de máquina! ¡Vosotros no sois máquinas! ¡Sois hombres! ¡Con el amor de la humanidad en vuestros corazones! ¡No odiéis! ¡Sólo aquellos que no son amados odian, los que no son amados y los desnaturalizados!

    ¡Soldados! ¡No luchéis por la esclavitud! ¡Luchad por la libertad! En el capítulo diecisiete de San Lucas está escrito que el reino de Dios se halla dentro del hombre, ¡no de un hombre, o un grupo de hombres, sino de todos los hombres! ¡En vosotros! Vosotros, el pueblo, tenéis el poder, el poder de crear máquinas. ¡El poder de crear felicidad! Vosotros, el pueblo tenéis el poder de hacer que esta vida sea libre y bella, de hacer de esta vida una maravillosa aventura. Por tanto, en nombre de la democracia, empleemos ese poder, unámonos todos. Luchemos por un mundo nuevo, por un mundo digno, que dará a los hombres la posibilidad de trabajar, que dará a la juventud un futuro y a los ancianos seguridad.

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  5. Prometiéndoos todo esto, las bestias han subido al poder. ¡Pero mienten! No han cumplido esa promesa. ¡No la cumplirán! Los dictadores se dan libertad a sí mismos, pero esclavizan al pueblo. Ahora, unámonos para liberar el mundo, para terminar con las barreras nacionales, para acabar con la codicia, con el odio y con la intolerancia. Luchemos por un mundo de la razón, un mundo en el que la ciencia y el progreso lleven a la felicidad de todos nosotros. ¡Soldados, en nombre de la democracia, unámonos!

    Hannah, ¿puedes oírme? ¡Dondequiera que estés, alza los ojos! ¡Mira, Hannah! Las nubes están desapareciendo! ¡El sol se está abriendo paso a través de ellas! ¡Estamos saliendo de la oscuridad y penetrando en la luz! ¡Estamos entrando en un mundo nuevo, un mundo más amable, donde los hombres se elevarán sobre su avaricia, su odio y su brutalidad! ¡Mira, Hannah! ¡Han dado alas al alma del hombre y, por fin, empieza a volar! ¡Vuela hacia el arco iris, hacia la luz de la esperanza! ¡Alza los ojos, Hannah! ¡Alza los ojos!

    +++

    [...] UNA NOVELISTA muy conocida, al enterarse de que estaba escribiendo mi autobiografía, dijo:

    –Espero que tendrá el valor de decir la verdad.

    Pensé que quería referirse a la verdad política; pero no, se refería a mi vida sexual. Supongo que la gente espera hallar en una autobiografía una disertación sobre la libido de uno, aunque no sé por qué. Para mí eso contribuye poco a la comprensión o a la revelación del carácter. A diferencia de Freud, no me parece que el sexo sea el elemento más importante en la complejidad de la conducta. El frío, el hambre y la vergüenza de la miseria afectan con mayor probabilidad a la psicología de uno.
    Como a todo el mundo le sucede, mi vida sexual se desenvolvía por ciclos. A veces me hallaba en pleno vigor, otras veces resultaba decepcionante. Pero nunca fue problema que absorbiera totalmente mi vida. Tenía intereses creados que eran igual de absorbentes. Sin embargo, en este libro no tengo el propósito de hacer una descripción detallada de un combate sexual; lo encuentro poco artístico, clínico y escasamente poético. Me parecen más interesantes las circunstancias que conducen al amor sexual.

    [...] WILL DURANT, escritor y filósofo, [...] un entusiasta, que no necesitaba ningún estimulante para animarse, a no ser la propia vida, me preguntó una vez:

    –¿Cuál es tu concepción de la belleza?

    Le contesté que creía que era una omnipresencia de la muerte y de la seducción, una tristeza sonriente que discernimos en la naturaleza y en todas las cosas, una comunión mística que experimenta el poeta; una expresión de ella puede ser tanto un cubo de la basura sobre el cual cae un rayo de la luz, como una rosa en el arroyo. El Greco lo vio en su Crucifixión.

    [...] PONGO CON FRECUENCIA sus discos [de la pianista Clara Haskyl], los últimos que grabó, poco antes de morir [a raíz de una caída al bajarse de un tren en Bélgica]. Cuando iba yo a comenzar la labor de reescribir este libro por sexta vez, puse el Concierto núm. 3, para piano, de Beethoven, con Clara al piano, y dirigido por Markevitch, música que es para mí la mayor aproximación a la verdad que pueda lograr ninguna obra maestra del arte, y que ha representado para mí una fuente alentadora para terminar este libro.

    [...] LOS AMIGOS me han preguntado si echo de menos los Estados Unidos o Nueva York. Francamente, no. América ha cambiado, y también Nueva York. El gigantesco aumento de instituciones industriales, de prensa, de televisión y de anuncios comerciales me han divorciado por completo de la forma de vida americana. Prefiero el reverso de la moneda, un sentido personal más sencillo de la vida, no las ostentosas avenidas ni los altísimos edificios, que recuerdan constantemente los grandes negocios y sus gravosos éxitos.

    [...] Y DE ESTE MODO comprendí lo que era la felicidad completa: algo muy cercano a la tristeza.

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    1. Concierto para piano de Beethoven núm. 3 -- Haskil/Markevitch/Orquesta Lamoureux

      https://www.youtube.com/watch?v=R0asloVxMbw

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    2. https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/la-crucifixion/9fd77a93-ec76-4482-8721-cc06ef0af815

      "(...) MIENTRAS estábamos cenando en mi casa, Igor Stravinsky sugirió que debíamos hacer una película juntos. Yo inventé un argumento. Debía ser surrealista, dije; un night-club decadente, con mesas alrededor de la pista de baile, y en cada mesa grupos y parejas representando los placeres del mundo: en una mesa la avaricia, en otra la hipocresía, en otra la crueldad. En la pista se representa la Pasión, y mientras se lleva a cabo la crucifixión del Salvador, los grupos de las distintas mesas la miran con indiferencia: unos encargan la cena, otros hablan de negocios, y tampoco se preocupan gran cosa de los demás. El gentío, los Sumos Pontífices y los fariseos alzan los puños ante la Cruz, gritando: “Si eres el Hijo de Dios, desciende y sálvate a Ti mismo.” En una mesa cercana un grupo de hombres de negocios están hablando con animación de una transacción importante. Uno chupa nerviosamente su cigarrillo, mirando hacia el Salvador y echando humo, sin darse cuenta, en su dirección.

      En otra mesa, un hombre de negocios y su mujer están sentados, estudiando el menú. Ella levanta la vista; luego, nerviosamente, pone su silla de espaldas adonde se está representando el espectáculo.

      –No puedo comprender por qué viene la gente aquí –dice, molesta–; resulta deprimente.

      –Es una buena distracción –dice el hombre de negocios–. El local estaba en quiebra hasta que montaron este espectáculo. Ahora ya no tienen pérdidas.

      –Esto me parece sacrílego –dijo su mujer.

      –Hace mucho bien –afirma el hombre–. La gente que no ha estado nunca en una iglesia viene aquí y aprende la historia del cristianismo.

      A medida que el espectáculo avanza, un borracho, que está bajo la influencia del alcohol, se encuentra en un plano diferente: está sentado solo y empieza a llorar, gritando:

      –¡Mirad! Lo están crucificando, ¡y a nadie le importa!

      Se tambalea sobre sus pies y alarga sus brazos, suplicante, hacia la Cruz. La mujer de un ministro, que está sentada cerca, se queja al maître y sacan de allí al borracho, que sigue llorando y profiriendo reproches:

      –¡Mirad! ¡A nadie le importa! ¡Bonita pandilla de cristianos sois vosotros!

      –¿Comprende usted? –le dije a Stravinski–. Lo echan porque está perturbando el espectáculo.

      Expliqué que representar la Pasión en la pista de baile de un night-club era demostrar lo cínico y convencional que se ha hecho el mundo, mientras profesa el cristianismo.

      La cara del maestro adquirió un aspecto muy serio:

      –¡Pero eso es sacrílego! –exclamó.

      –¿Sí? –dije–. No tenía intención de que lo fuera. Creí que era una crítica de la actitud del mundo hacia el cristianismo. Quizá como he ido contando la historia según se me iba ocurriendo no me he expresado en forma muy clara.

      Y así quedó desechado el tema. Pero varias semanas después Stravinski me escribió; deseaba saber si seguía yo considerando la idea de hacer juntos una película. Sin embargo, mi entusiasmo se había enfriado ya y yo estaba interesado en hacer una película por mi cuenta.”

      ¿QUÉ DIJO MAR?
      "Hacer que no se enfríen
      los entusiasmos".

      [FUERA VERRACOS:
      Hacer. Que no se enfríen
      los entusiasmos.]

      Paseando anoche tus abuelos. Un anuncio en un quiosco, HUM HUM HUM:

      "GRISELDA. Las cosas se pusieron bien verracas cuando llegó ella”.

      Griselda. GRISELDAA… El nombre nos hizo gracia. Como LILINAA… En casa lo buscamos,

      y desde Asturias,
      muy verraco también,
      llegó este cuento:

      https://misteriosleyendasdegaliciayasturias.wordpress.com/2018/01/28/leyenda-de-griselda-el-rey-y-la-pastora-asturias/

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  6. Más palabras de Charlot.

    Para Mar, Ana y Miguel.

    "Para Maremoto, Anastilla y Miguelesco o Miguelessi".
    El ingenioso abuelo. Vaya por Dios.

    HACÍA UNA SEMANA que ya no estaba mi madre y me había hecho a una manera de vivir que no era para mí ni motivo de gozo ni de pena. Mi mayor preocupación era la dueña de la casa, pues si no regresaba Sydney tendría ella que avisar más tarde o más temprano a las autoridades de la parroquia y me enviarían a la Escuela de Hanwell. Así es que evitaba su presencia e incluso dormía fuera de vez en cuando.

    Me tropecé entonces con unos leñadores que trabajaban en una calleja sin salida, a espaldas de Kennington Road. Eran unos hombres con aspecto de proscritos, que trabajaban duramente en una oscura tejavana y que se entendían a medias palabras, aserrando y cortando madera todo el día y haciendo con ella haces de leña a medio penique. Yo solía merodear alrededor del portalón abierto para observarlos. Cogían un tarugo de madera de unos treinta centímetros de diámetro y lo aserraban en trozos de dos o tres centímetros; luego juntaban estos trozos y los cortaban haciendo astillas; hendían la madera con tal rapidez, que me fascinaba y me hacía parecer atractivo aquel trabajo. Muy pronto empecé a ayudarles. Compraban madera a los contratistas de derribos, la acarreaban hasta su tejavana y la apilaban, lo cual les llevaba un día; al otro día la aserraban y al día siguiente la cortaban. Los viernes y los sábados vendían la leña. Pero la venta no me interesaba; era más divertido trabajar juntos en la tejavana.

    Eran hombres afables y silenciosos, de unos cuarenta años, pero parecían y obraban como si fueran mucho más viejos. El patrono, como le llamábamos, tenía una nariz de diabético, roja, y le faltaban todos los dientes y muelas de arriba, a excepción de un colmillo. Sin embargo, había una suave dulzura en su rostro. Tenía una sonrisa ridícula, que ponía de manifiesto de modo prodigioso su único diente. (...)

    Aunque no pedí nunca dinero, al final de la semana el patrono me dio seis peniques. Fue una agradable sorpresa.

    Joe, el de la cara cadavérica, sufría ataques, y el patrono quemaba papel de estraza bajo su nariz para hacerlo volver en sí. A veces echaba espuma por la boca y de mordía la lengua, y cuando se recuperaba ofrecía un aspecto patético y parecía avergonzado.

    Los leñadores trabajaban desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche, a veces hasta más tarde. Siempre me entristecía cuando cerraban el cobertizo y se iban a su casa. (...)

    La amenaza de la escuela fue como un ogro que no me abandonaba nunca. En cierta ocasión los leñadores me preguntaron por ella. Se inquietaron un poco cuando acabaron las vacaciones; por eso me mantenía alejado de ellos hasta las cuatro y media, que era la hora en que terminaba la escuela. Pero para mí era un día largo y solitario, en medio del resplandor de unas calles despiadadas, esperando hasta las cuatro y media para volver a mi sombrío cuchitril y a los leñadores. (...)

    +++

    JOSEPH CONRAD, refiriéndose a un tercero, escribió a un amigo lo siguiente: “La vida le hacía sentirse como una rata ciega y acorralada, esperando que la matasen a garrotazos.” Este símil podría muy bien aplicarse a las espantosas circunstancias por que pasamos todos; sin embargo, a algunos nos toca la buena suerte, y eso es lo que me ocurrió.

    Yo había sido vendedor de periódicos, impresor, fabricante de juguetes, soplador de vidrio, botones de un médico, etc.; pero durante esas ocupaciones no había perdido nunca de vista mi objetivo último, que era llegar a ser actor. Así es que en mis ratos libres yo me limpiaba los zapatos, me cepillaba la ropa, me ponía un cuello limpio y hacía visitas periódicas a la agencia teatral, situada en la calle de Bedford, enfrente del Strand. Lo hice hasta que el estado de mi ropa me prohibió realizar más visitas. (...)

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  7. (...) EN GREENWICH VILLAGE conocí (...) a Hart Crane, el poeta; (...) era extremadamente pobre. Su padre, un millonario fabricante de bombones, quería que Hart se ocupara de su negocio y trataba de desanimar su inspiración poética no concediéndole ninguna ayuda monetaria. Carezco de oído y de gusto para la poesía moderna; pero mientras escribía este libro leí EL PUENTE, de Hart Crane, una obra muy emotiva, extraña y dramática, llena de punzante angustia y de una fantasía aguda y tajante, que para mí resultaba demasiado estridente. Quizá esa excesiva estridencia estaba en el propio Hart Crane. Sin embargo, era de una cordial amabilidad.

    Discutimos sobre la finalidad de la poesía. Yo dije que era una carta de amor dirigida al mundo.

    –Un mundo muy pequeño –replicó Hart tristemente.

    Decía él que mi obra estaba dentro de la tradición de la comedia griega. Le confesé que había tratado de leer una traducción inglesa de Aristófanes, pero que me sentí incapaz de terminarla.

    Finalmente, concedieron a Hart una beca Guggenheim; pero llegó demasiado tarde. Después de muchos años de pobreza y olvido, se había entregado a la bebida y a la disipación, y cuando regresaba a los Estados Unidos procedente de México en un barco de pasajeros, se arrojó al mar.

    Unos años antes de suicidarse me envió un ejemplar de sus poemas breves, titulados EDIFICIOS BLANCOS (...). En la guarda escribió: “A Charles Chaplin, en recuerdo de El
    chico.– Hart Crane, 20 de enero de 1928.” Un poema se titulaba CHAPLINESCA, y lo transcribo a continuación:

    Humildemente nos adaptamos
    y contentamos con los consuelos azarosos
    que deposita el viento
    en los bolsillos desvencijados, demasiado amplios.

    Porque aún podemos amar el mundo
    cuando encontramos un gatito hambriento en nuestro umbral.
    Y le buscamos cobijo contra la furia callejera,
    cobijo en un cálido brazo doblado.

    Nos apartaremos a un lado,
    y en la mueca postrera
    evitaremos la condena de ese pulgar inevitable
    que dirige hacia nosotros su arrugada piel,
    y haremos frente a la torva mirada,
    ¡con qué inocencia y con cuánta sorpresa!

    Y, sin embargo, estas delicadas caídas
    no son más falaces que las piruetas de un flexible bastón.
    Realmente, no son nuestras exequias una consumación;
    podemos eludirlas, huir de todo, menos del corazón.

    ¿Y qué vamos a hacerle si el corazón sigue viviendo?
    El juego exige afectadas sonrisas.
    Pero hemos visto la luna en calles solitarias
    convirtiendo en cáliz un cubo de basura vacío.

    Y entre todos los ruidos de alegría y de búsqueda,
    hemos oído un gatito maullar en la soledad.

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  8. (...) QUERIDO CHARLIE:

    Por vez primera puedo escribirte para darte las gracias por tu amistad a lo largo de los años y por todo cuanto has hecho por mí. En la juventud parece que no vamos a tener tantas preocupaciones, pero sé que has tenido tu parte. Espero que tu copa de felicidad esté colmada con una esposa encantadora y una familia...

    A continuación describía su enfermedad y los cuantiosos gastos en médicos y enfermeras; pero terminaba, como hacía siempre, con una chirigota:

    Acabo de oír este cuento: meten a un tipo dentro de un cohete y disparan para ver hasta qué altura puede subir, diciéndole que tome nota de ella. De modo que él va contando: “25.000, 30.000, 100,000, 500,000...” Al llegar aquí exclama: “¡Señor mío, Jesucristo!”, para sí mismo, y entonces una voz suavísima le contesta: “¿Qué?” (...)

    (...) Su última carta la escribió para darme las gracias al enterarse de que seguía figurando en la nómina:

    13 de noviembre de 1956
    Querido Charlie:

    Aquí estoy otra vez con el corazón rebosante de gratitud, y también otra vez en el hospital (Cedros del Líbano), sometida a un tratamiento de rayos X, de cobalto, en el cuello. ¡Después de esto no puede existir en infierno! Lo llevo dentro con sólo mover el dedo meñique. Sin embargo, es el mejor tratamiento que se conoce para el mal que me aqueja. Espero volver a casa a fines de semana, y entonces podré ser una enferma externa (¡qué maravilla!). Afortunadamente, el resto está O.K., ya que esto es, según dicen ellos, pura y simplemente local. Lo cual me recuerda a aquel individuo que estaba en la esquina de la calle Siete con Broadway rompiendo un papel en trocitos y arrojándolos al aire. Pasó un policía y le preguntó qué hacía. A lo cual contestó: ”Pues, sencillamente, alejando los elefantes.” Y el otro le dijo: “¡Si no hay elefantes en este barrio!” Y el fulano replicó: “¿Ve usted? Está dando resultado.” Éste es mi cuento idiota de hoy, perdóname.

    Espero que tú y tu familia estéis bien y disfrutando de todo lo que has ganado trabajando.

    Te quiere siempre, Edna.

    Poco después de recibir esta carta murió Edna. Así se rejuvenece el mundo. Y la juventud se adueña de él. Y nosotros, los que hemos vivido un poco más, nos sentimos cada vez más solos a medida que proseguimos nuestro camino.

    Con esto voy a acabar esta ODISEA mía. Me doy cuenta de que el tiempo y las circunstancias me han favorecido. He sido mimado por el afecto del mundo, amado y odiado. Sí, el mundo me ha dado lo mejor de él y poco de lo peor que contiene. (...) Creo que la fortuna y la mala suerte se amontonan sobre uno, como las nubes. Sabiendo esto, nunca me han impresionado en demasía las cosas malas y me han sorprendido gratamente las buenas. No tengo ni un plan de vida ni ninguna filosofía, ya que, sabios o locos, todos tenemos que luchar con la vida. Titubeo entre contradicciones; a veces las cosas nimias me molestan y las catástrofes me dejan indiferente. (...)

    A veces me siento en nuestra terraza, a la puesta del sol, y contemplo el amplio jardín, con el lago a lo lejos, y más allá del lago veo las tranquilizadoras montañas, y en esta disposición de ánimo no pienso en nada y gozo de su magnífica serenidad.

    [FIN DEL LIBRO]

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