EL TESORO DE 4º A Por Mar H.B. [16 de junio de 2024. ANIMA AESTATIS]
Me llamo Mar y tengo 9 años. Estoy en el C.E.I.P. Tomé Cano que es mi colegio. Mi clase es 4º A y me gusta mucho. Es grande, no hace calor ninguno, excepto cuando es junio.
Un día me encontraba haciendo un par de divisiones que nos había mandado Haydée cuando sentí una corriente de agua helada, ¡qué raro!, era verano y hacía un calor horroroso. Miré alrededor de la clase y comprobé que no era ningún compañero soplándome en la espalda. Tenía mucha intriga, así que pedí ir al baño para salir fuera a investigar de dónde había salido la corriente. Miré por todas las ventanas pero no había nada de aire.
De pronto un gran objeto cayó sobre mi cabeza: ¡Ay, qué dolor! Ya más recuperada del golpetazo miré lo que era y para mi sorpresa era…¡Un tesoro! Pues vaya aterrizaje, podría haber tenido más cuidado. Fui al baño para abrirlo tranquilamente sin correr el riesgo de que me viera un profesor. Me encerré en el baño y traté de abrirlo. Pero, ¡qué cabezota!, sin llave no hay tesoro.
Pensé que se habría perdido, así que salí a buscarla, pero no la encontré. No había llave pero sí una nota que ponía que el tesoro pertenecía a 4º A y si encontraba tres monedas, la llave llegaría. ¿Cómo? No he entendido nada pero hice caso a la nota y busqué las monedas que según decía el cofre eran de oro. Mi clase se ofreció a ayudarme y en dos semanas ya teníamos las tres monedas.
Pero la llave no llegó hasta el día de Canarias. Fui corriendo a por el tesoro y lo abrí. Dentro había… ¡Pelotas de la suerte! Y también divisiones de felicidad. El cofre nos puso a prueba para ver nuestro espíritu de equipo.
FIN
«La búsqueda de "DIVISIONES DE CALMA PARA EL ALMA" no obtuvo ningún resultado.» (GOOGLE)
En los abuelos (*) ─Sólo Mar los entiende─ No existe el tiempo.
En los abuelos (*) ─Sólo el mar los entiende─ No existe el tiempo.
Además, ellos (*), De tan frágiles que eran, No se rompieron. ________________ (*) Y las abuelas, ¡Sí! Repetirlo tanto No es cosa buena.
¿Os enseña francés Haydée? A un compañero de tu abuela y maestro de mamá, le gustaba hacerlo con sus niños. Por eso, quizá me equivoco trayendo ahora a Haydée contigo a Málaga.
"Los niños cumplen ese milagro adorable de seguir siendo niños al tiempo que ven a través de nuestros ojos".
Eso escribió René Char. Te lo copio en francés y mayúsculas.
LES ENFANTS RÉALISENT CE MIRACLE ADORABLE DE DEMEURER DES ENFANTS ET DE VOIR PAR NOS YEUX.
Ayer en Gibralfaro dos ardillas comprobaron, Mar, que tu abuelo transformándose está en dinosaurio. Pero que había solución. La cosa, a coro dijeron, no será tan grave como la pintan los podólogos de la Malagueta,
SI CERCA DEL MAR UNA NIÑA, CON UNAS TIJERAS CORTA EL LARGO PELO SOLITARIO QUE ENTRE LAS CEJAS LE CRECE.
Cuando volviste al Tomé Cano, la abuela y yo nos acordamos de ti releyendo EL REY DE LAS AVES. El cuento de una niña a quien los pavos reales le gustaban mucho; demasiado, según lo que de sí misma decía:
"Tenía que tener cada vez más pollos [de pavo real]. Daba preferencia a los que tuvieran un ojo verde y otro naranja, o cuellos demasiado largos, o crestas torcidas. Quería tener uno con tres patas, o con tres alas, pero esta variedad no prosperó".
La niña observaba muy bien a pavos y pavas reales:
“El pavo real se pavonea en serio sobre todo en primavera y verano, porque es cuando puede desplegar la cola en todo su esplendor. Normalmente empieza poco después de desayunar, se pavonea durante varias horas, desiste en las horas de más calor, y prosigue a la caída de la tarde. Cada macho tiene un sitio preferido donde actúa todos los días, con la esperanza de atraer a alguna hembra que pase por allí. Pero si hay alguien indiferente a las exhibiciones del pavo real, al margen del operario de teléfonos, es la pava. Rara vez le dirige una mirada. El macho, trazando en torno a sí un arco centelleante con la cola, da vueltas y revueltas, toca el suelo con las plumas de color arcilla de las alas, danza hacia delante y hacia atrás, el cuello curvo, el pico abierto, los ojos chispeantes. Mientras, la pava sigue a lo suyo, rastreando diligentemente el suelo, como si cualquier insecto oculto entre la hierba fuese más importante que ese mapa del universo que acaba de desplegarse y flota junto a ella”.
El cuento acaba hablando de un dragón, también muy observador; y de lo muy bueno y muy malo que puede ser contar o leer historias.
Muchos abrazos, Mar. Qué bien tú de nuevo en el COLEGIO TOMÉ CANO que no, que no es ningún dragón.
"Empecé a juntar pollos desde el día en que visitamos a mi abuela Adriana y ella me enseñó sus gallinas. Lo que había sido hasta entonces un tibio interés se convirtió en una pasión, en una búsqueda. Tenía que tener cada vez más pollos. Daba preferencia a los que tuvieran un ojo verde y otro naranja, o cuellos demasiado largos, o crestas torcidas. Quería tener uno con tres patas, o con tres alas, pero esta variedad, por suerte o desgracia, no prosperó. Me ponía a pensar delante de una imagen del libro INCREÍBLE PERO CIERTO que mostraba a un gallo que había sobrevivido treinta días sin cabeza, pero no era científico mi ánimo. Como sabía coser un poco, comencé a confeccionarles trajes a los pollos. Un gallo gris enano lucía un abrigo de piqué blanco con cuello de encaje y dos botones a la espalda.
Mi búsqueda, fuera cual fuese su verdadero objeto, se orientó finalmente hacia los pavos reales. Fue el instinto y no el saber lo que me llevó a ellos. Nunca había visto ni oído a ninguno. Aunque tenía un corral con faisanes y otro con codornices, una parvada de pavos, diecisiete ocas, una partida de azulones, tres gallinas japonesas sedosas enanas, dos polacas moñudas, y varios pollos resultantes del cruce de estas dos últimas con un gallo, sentía que me faltaba algo. Sabía que el pavo real era el ave de Hera, la esposa de Zeus, pero debía de haber perdido parte de su celestial estatus desde entonces: el periódico de Florida que leía mi padre ofrecía ejemplares que de tres años a sesenta y cinco dólares la pareja. Llevaba varios años leyendo estos anuncios tranquilamente cuando un día, en un arrebato, señalé uno con un círculo y le pasé la revista a mi madre. Vendían un pavo real con su pava y cuatro pavipollos de siete semanas. «Me los voy a pedir», dije.
—¿No se comen las flores esos bichos? —preguntó mi madre, después de leer el anuncio.
—Comerán su pienso, como todos los demás —contesté.
Los pavos reales llegaron en el expreso un día templado de octubre. Cuando mi madre y yo llegamos a la estación, el cajón estaba en el andén, y por una de las esquinas asomaba un cuello azul eléctrico coronado por una cabeza encopetada. Una línea blanca, encima y debajo de cada ojo, confería a la inquisitiva cabeza una expresión de atenta serenidad. Me preguntaba si esta ave, acostumbrada a desfilar por los naranjales de Florida, se adaptaría fácilmente a nuestra granja lechera de Georgia. Me bajé del coche de un salto y fui dando brincos hasta el cajón. La cabeza se encogió. Cuando llegamos a casa liberamos a nuestro pasaje y lo alojamos en un corral cubierto. El hombre que me vendió los pavos me había dicho por escrito que debía tenerlos encerrados durante una semana o diez días y soltarlos al atardecer donde quisiera que pasaran la noche; en lo sucesivo, regresarían todas las noches al mismo lugar. También me advirtió de que el macho no tendría todas las plumas de la cola a su llegada, porque se le caen a finales del verano y no las recupera completamente hasta después de Navidades.
(CONTINUARÁ, MAR. UN ABRAZO DE TUS ABUELOS PENINSULARES)
“En cuanto estuvieron fuera del cajón, me senté encima y empecé a mirarlos. No he dejado de mirarlos desde entonces, desde todos los ángulos, y siempre con la misma reverencia de aquella primera vez; no obstante, creo que he logrado mantener una visión equilibrada y una actitud imparcial. El pavo real que había comprado no tenía nada remotamente parecido a una cola, pero no sólo se comportaba como si la tuviese, sino como si lo escoltase todo un séquito encargado de velar por ella. En aquella primera ocasión, nada me acuciaba más que decidir dónde detener la mirada, así que saltaba incesantemente del pavo a la pava y de la pava a los cuatro pavipollos, mientras que ellos, en señal de que habían reparado en mi presencia, se alejaron de mí cuanto pudieron. Con el paso de los años su actitud hacia mí no ha ganado en cortesía. Si aparezco con comida, condescienden a comerla de mi mano cuando no les queda otro remedio. Si aparezco con las manos vacías, soy un objeto más. Y cuando digo «mis» pavos, el posesivo sólo indica un vínculo legal, nada más. Soy la criada, siempre a su entera disposición y atenta a los reclamos de sus emplumadas señorías. Cuando los saqué del cajón la primera vez, en mi delirio, exclamé: «Quiero tener tantos, que cada vez que salga por la puerta me tropiece con uno». Ahora, cada vez que salgo por la puerta, cuatro o cinco pavos reales se chocan conmigo, dando sólo una ligerísima señal de que me han reconocido. Han pasado nueve años desde que llegaron mis primeros pavos. Tengo cuarenta picos que alimentar. La necesidad agudiza el ingenio, y algunas cosas más.
Para una especie destinada a alcanzar una belleza tan excepcional, el pavo real viene al mundo con un aspecto nada prometedor. El pavipollo es del mismo color que esas enormes polillas repugnantes que revolotean alrededor de las bombillas en las noches de verano. Lo único que resalta son los ojos, de un gris luminoso, y una cresta marrón que empieza a apuntarle cuando tiene diez días, y que se parece primero a las antenas de un insecto y luego a las plumas que llevan los indios en la cabeza. A las seis semanas le salen unas motas verdes en el cuello, y pocas semanas más tarde, ya se puede distinguir al macho de la hembra por las pintas del dorso. El dorso de la pava va fundiéndose en un gris uniforme y enseguida alcanza el aspecto que tendrá para siempre. Aunque no cuente con una larga cola ni con otros adornos de relieve, nunca he pensado que la pava carezca de atractivo. Incluso en una o dos ocasiones he llegado a pensar que es más bonita que el macho, más sutil y refinada. Pero son momentos de audacia que se pasan enseguida.
Hacen falta dos años para que el plumaje del macho adquiera su decoración definitiva y, durante el resto de su vida, se comportará como si él mismo la hubiera diseñado. Durante los dos primeros años de vida, parece que está hecho de retales y que los ha cosido una mano poco imaginativa. El primer año tiene la pechuga beis, el dorso moteado, el cuello verde de la madre, y una corta cola gris. El segundo, tiene la pechuga negra, el cuello azul del padre, y un dorso que va virando paulatinamente al verde y oro que tendrá para siempre, pero ni asomo de larga cola. El tercer año entra en la edad adulta y por fin la adquiere. Y el resto de su vida —un pavo real puede vivir hasta treinta y cinco años— no tendrá nada mejor que hacer que acicalársela, desplegarla y recogerla, danzar hacia adelante y hacia atrás cuando la extiende, chillar cuando se la pisan, y arquearla cuidadosamente cuando cruza un charco".
"No todas las partes del pavo real cautivan la mirada por igual, ni siquiera cuando se ha desarrollado del todo. Las plumas superiores de las alas están veteadas de blanco y negro, y podría haberlas tomado prestadas de un pollastre cualquiera. Las de las puntas de las alas son de color arcilla; las patas, largas, finas y gris hierro; los pies, grandes. Y se diría que lleva uno de esos pantalones cortos de verano que están ahora tan en boga entre los ‘playboys’. Estos pantaloncitos, beis y suaves, se prolongan bajo lo que podría ser un chaleco de un azul casi negro. Uno no se sorprendería de verle colgar una cadena de reloj, pero no asoma ninguna. Examinando el aspecto del pavo real con la cola recogida, me parece que las partes no guardan proporción con el conjunto. La verdad es que así lo único que lo salva de convertirse en un hazmerreír es su porte. Cuando despliega la cola inspira todo un abanico de emociones, pero todavía no he oído a nadie reírse.
La reacción habitual es el silencio, por lo menos durante un rato. Para abrir la cola, el macho se sacude violentamente hasta que gradualmente se alza, trazando un arco en torno a sí. Entonces, antes de que nadie haya tenido la oportunidad de verlo, se gira y da la espalda al espectador. Algunos lo han tomado como insulto; otros, como capricho. Mi interpretación es que el pavo real experimenta idéntica satisfacción exhibiendo cualquiera de sus lados. Desde que crío pavos reales, vienen a visitarme al menos una vez al año alumnos de primero de primaria, que aprenden viviendo las cosas en primera persona. Estoy acostumbrada a oírles gritar a coro cuando el pavo se da la vuelta: «¡Oh, mirad su ropa interior!». Esta «ropa interior» es una cola gris que se eriza para sostener la más grande, y más abajo, una borla de plumas negras digna de que alguna mujer regia de verdad —una Cleopatra o una Clitemnestra— la utilizase para empolvarse la nariz.
Cuando el pavo real ofrece la espalda, el espectador comienza normalmente a dar vueltas para verlo de frente, pero el pavo no cesa de girar, de modo que resulta imposible. Lo que hay que hacer es quedarse quieto y esperar a que le plazca darse la vuelta. Cuando le apetezca, se pondrá de frente. Y entonces podréis ver en un arco de verde broncíneo una constelación de soles aureolados y vigilantes. Éste es el momento en que la mayoría guarda silencio.
«¡Amén!, ¡Amén!», gritó una vieja negra una vez ante este espectáculo, y he escuchado otros muchos comentarios similares en este trance que muestran la inadecuación del lenguaje humano. Hay quienes silban; otros, por una vez, se callan. Un camionero, que circulaba con un cargamento de heno cuando se encontró con un pavo real girándose delante de él en medio de la carretera, gritó: «¡Mira el papanatas!», y dio un apabullante frenazo que detuvo el camión en seco. Nunca he visto a un pavo que haya dejado de pavonearse para moverse un milímetro porque venga un camión, un tractor o un coche. Le toca al vehículo quitarse de en medio. Nunca han atropellado a ninguno de mis pavos, aunque un año la máquina de cortar el césped le segó una pata a uno".
"He descubierto que mucha gente es incapaz por naturaleza de apreciar la vista que ofrece un pavo real. Una o dos veces me han preguntado que «para qué sirve» un pavo, una pregunta que nunca obtiene de mí respuesta alguna porque no la merece. La compañía de teléfonos envió un día a un operario para que nos arreglasen la línea. Cuando terminó su trabajo, el hombre, un tipo grande con una expresión suspicaz, medio oculta por un casco amarillo, se quedó dando vueltas, intentando engatusar a un pavo que lo había estado observando para que desplegase la cola. Quería sumar esta experiencia a una larga lista de otras que parecía haber tenido.
—Vamos, tío —dijo—, ponte las pilas. ¡Arriba! ¡Vamos, ábrela, ábrela!
El pavo, por supuesto, no le hizo ni caso.
—¿Qué le pasa? —preguntó el hombre.
—Nada —contesté—. La abrirá enseguida. Lo único que tiene que hacer es esperar.
El hombre siguió dando vueltas detrás del pavo durante unos quince minutos; entonces, contrariado, se metió en su camión y arrancó. El pavo comenzó a sacudirse, y alzó la cola en torno suyo.
—¡La está abriendo! —grité—. ¡Eh, espere! ¡La está abriendo!
El hombre dio marcha atrás bruscamente justo cuando el pavo se giraba y se ponía frente a él con la cola extendida. El despliegue era perfecto. El pavo se giró ligeramente hacia la derecha y los pequeños planetas que pendían sobre él destacaban sobre un fondo broncíneo; luego se giró ligeramente hacia la izquierda y relucían sobre un fondo verde. Me acerqué al camión para ver la impresión que causaba en el hombre este espectáculo.
Inmóvil, lo miraba con tal fijeza y concentración, que se diría que estaba intentando leer la letra pequeña de un contrato a cierta distancia. En un segundo, el pavo recogió la cola y se marchó airadamente.
—Bueno, ¿qué le ha parecido? —le pregunté.
—En mi vida había visto unas patas tan largas y tan feas —respondió el hombre—. Apuesto a que ese bribón podría adelantar a un autobús.
Hay quienes se emocionan sinceramente ante la visión de un pavo real, aunque tenga la cola recogida, pero no lo admitirían nunca. Otros parecen montar en cólera. Quizá sospechan que el pavo se ha formado una opinión poco favorable de ellos. El pavo real es un inspector meticuloso y solemne. Nuestras visitas, en vez de por ladridos de perros que salen disparados del porche, son recibidas por los chillidos de los pavos reales, por cuellos azules y cabezas crestadas que surgen como con un resorte tras las matas de hierba, que otean desde los matorrales, que se inclinan desde el tejado hasta donde han volado, quizá por las vistas. Un día, uno de mis pavos salió de debajo de los arbustos y se fue a examinar de cerca un coche lleno de gente, que había venido para comprar un becerro. Según se acercaba el pavo, un viejo y cinco o seis niños de pelo albino y descalzos comenzaron a amontonarse fuera del coche. En cuanto lo vieron, se pararon en seco y se quedaron mirando, evidentemente molestos por esta soberbia figura que les cortaba el paso. Permanecieron en silencio mientras el pavo los miraba, con la cabeza reclinada según su más majestuoso ángulo y la cola replegada destellando al sol.
—¿Qué es ese bicharraco? —preguntó finalmente uno de los críos con voz hosca.
El viejo había salido del coche y tenía los ojos clavados en el pavo, con una mezcla de estupefacción y reconocimiento.
«No he visto uno desde que vivía mi abuelo —dijo, quitándose el sombrero en señal de respeto—. Antes la gente los tenía en las casas, pero ahora no».
—¿Qué es? —preguntó de nuevo el chico, con el mismo tono de antes.
—Niños —dijo el viejo—, ¡es el rey de las aves!
Los niños acogieron esta información en silencio. Un minuto después, regresaron al coche y siguieron mirando al pavo desde allí, con aire de fastidio, como si les molestase que el viejo hubiera dicho la verdad".
El pavo real se pavonea en serio sobre todo en primavera y verano, porque es cuando puede desplegar la cola en todo su esplendor. Normalmente empieza poco después de desayunar, se pavonea durante varias horas, desiste en las horas de más calor, y prosigue a la caída de la tarde. Cada macho tiene un sitio preferido donde actúa todos los días, con la esperanza de atraer a alguna hembra que pase por allí. Pero si hay alguien indiferente a las exhibiciones del pavo real, al margen del operario de teléfonos, es la pava. Rara vez le dirige una mirada. El macho, trazando en torno a sí un arco centelleante con la cola, da vueltas y revueltas, toca el suelo con las plumas de color arcilla de las alas, danza hacia delante y hacia atrás, el cuello curvo, el pico abierto, los ojos chispeantes. Mientras, la pava sigue a lo suyo, rastreando diligentemente el suelo, como si cualquier insecto oculto entre la hierba fuese más importante que ese mapa del universo que acaba de desplegarse y flota junto a ella.
Algunos se piensan que el único que extiende la cola es el macho, y que lo hace exclusivamente en presencia de la hembra. No es verdad. A las pocas horas, un pavo recién salido del cascarón empieza a extender la cola que tenga —que será del tamaño de la uña de un pulgar— y a pavonearse y a dar vueltas, a retroceder y a inclinarse, como si tuviera tres años y alguna razón para hacerlo. Las pavas alzan la cola cuando encuentran en el suelo algo que las asusta, y también cuando no tienen nada mejor que hacer y sopla un aire fresco. A los pavos se les sube enseguida el aire fresco a la cabeza y los predispone a juguetear. Entonces danzan en grupo, o cuatro o cinco se persiguen alrededor de un árbol o de un matorral. A veces, uno se persigue a sí mismo, pone fin a su delirio con un enérgico salto en el aire y se marcha airadamente, como si él no hubiera participado en el espectáculo.
A menudo, cuando el macho alza la cola decide elevar también la voz. Parece que recibe desde el centro de la tierra una descarga que le sube desde las patas a la garganta hasta que la deja escapar: ¡III-OUU-AAII! ¡LII-OUU-AAII! A los melancólicos les parece un grito melancólico; a los histéricos, histérico. A mí me ha sonado siempre a vítores aclamando un desfile invisible.
La pava no es muy dada a estas explosiones. Emite un sonido parecido al rebuzno de una mula —HII-HAA, HII-HAA, HII-HAAAA—, y sólo en caso de necesidad. En otoño e invierno los pavos reales suelen estar callados, salvo que algún alboroto interrumpa su calma. Pero en primavera y verano, de día y de noche, en breves intervalos, el macho, agachando el cuello y echando hacia atrás la cabeza, da siete u ocho chillidos seguidos, como si no hubiese en el mundo un mensaje que necesitase ser escuchado con más urgencia que el suyo.
Por la noche estos reclamos adoptan un tono más bajo y flotan en el aire en varios kilómetros a la redonda. Ha pasado ya mucho tiempo desde aquel atardecer cuando dejé a mi primera partida de pavos en los cedros que hay detrás de la casa para que pasaran la noche. Todavía hay quince o veinte que duermen ahí. Pero el viejo macho procedente de Eustis, Florida, reposa en lo alto del granero; el pavo al que le segó la pata la máquina de cortar el césped descansa en la techumbre plana de un cobertizo próximo a la cuadra; otros, en los árboles junto al estanque; algunos más, en los robles que flanquean la casa, y hay uno al que no podemos disuadir de que no duerma en el depósito del agua. Desde todos estos puntos resuenan reclamos y respuestas a lo largo de la noche. Quizá el pavo real tiene sueños violentos. A menudo, se despierta y grita: «¡Socorro! ¡Socorro!». Y entonces, desde el estanque, desde el granero, desde los árboles que rodean la casa, se inicia un coro de invocación:
Es difícil contar la verdad sobre esta ave. Los hábitos de un pavo a solas apenas serían perceptibles, pero multiplicados por cuarenta dan lugar a un auténtico enredo. Tenía razón cuando dije que mis pavos comerían pienso; también comen de todo lo demás. Flores, en particular. Los temores de mi madre se vieron ampliamente confirmados. Los pavos reales no sólo se comen las flores, sino que se las comen sistemáticamente, comenzando por el principio de la hilera y siguiendo hasta el final. Si no tienen hambre, picotean la flor de todas formas si es bonita, y la dejan caer. Para su dieta habitual prefieren los crisantemos y las rosas. Cuando no se las comen, les encanta reposar sobre ellas, y allí donde reposan terminan haciendo un agujero para darse un baño de tierra. Un parterre de flores no es sitio para que ninguna ave realice estos menesteres, pero menos todavía un pavo, que va dejando hoyos del tamaño de un pequeño cráter. Durante el baño, poco les falta para desaparecer completamente de la vista bajo la polvareda. Normalmente, cuando llegamos a todo galope con la escoba en ristre, de entre la nube de polvo y la cascada de flores no podemos distinguir más que algunas plumas verdes y un ojillo que brilla de placer.
Las relaciones entre los pavos y mi madre fueron tensas desde el principio. Al comienzo, se veía obligada a madrugar y a salir con las tijeras de podar para llegar a las rosas Lady Bankshire y Herbert Hoover antes de que alguno se las hubiera desayunado. Ahora ha resuelto a medias el problema cercando los parterres con una alambrada de cientos de metros de largo y sesenta centímetros de alto. Ella sostiene que los pavos no son tan listos como para saltarse una valla baja: «Si fuese alta —dice—, se subirían a ella y pasarían al otro lado, pero como es baja, no son tan listos como para saltársela».
Es inútil discutir este asunto con ella. «Es que no es un reto para ellos», le digo, pero ella ya se ha formado su propia idea.
Además de flores, los pavos también comen fruta, un hábito que los ha indispuesto con mi tío, que mandó plantar higueras por toda la finca porque él también tiene debilidad por los higos. «¡Echad a ese canalla!», ruge, levantándose de la silla en cuanto oye el chasquido de una rama que se rompe, y tenemos que salir corriendo con la escoba hasta la higuera.
A los pavos también les encanta revolotear hasta el pajar y comerse los cacahuetes de la cosecha, lo que no les ha granjeado la simpatía de nuestro vaquero. Y como también tienen predilección por las verduras frescas del huerto, a menudo andan a la gresca con su mujer.
Al pavo real le gusta posarse en los postes de vallas y portones, y dejar pender la cola. Un pavo real en una valla es un espectáculo soberbio. Seis o siete en una puerta escapan a toda descripción, aunque la puerta se resiente. Los postes de nuestras vallas tienden a ladearse en un sentido o en otro y todos nuestros portones se abren en diagonal.
En resumen, soy la única que está dispuesta a respaldar, con un ánimo que no se queda en la tolerancia, la presencia de los pavos reales. A cambio, he sido bendecida con su rápida multiplicación. Según las cifras de población que doy a conocer, tengo cuarenta, pero hace algún tiempo que actualizar el censo dejó de parecerme sensato. Antes de criarlos me dijeron que eran difíciles de criar. ¡Pero, ay de mí, que no es verdad! En mayo la pava hace un nido en el rincón de alguna valla y pone cinco o seis huevos enormes de color beis. Desde ese momento, una vez al día, suelta un brusco ¡HII-HAA! y sale del nido como un cohete. Entonces, durante media hora, con el cuello erizado y tendido hacia delante, desfila por la finca, proclamando su empresa. Yo escucho con sentimientos encontrados.
Veintiocho días después, la pava sale con cinco o seis polluelos que parecen polillas y no cesan de murmullar. El macho los ignora, a menos que alguno acabe entre sus patas, en cuyo caso les da picotazos en la cabeza hasta que se apartan, pero la pava es una madre vigilante y todos los años sobrevive un buen número de pequeñuelos. Los que en el invierno resisten a las enfermedades y a los depredadores ─el halcón, el zorro y la zarigüeya─ parecen imposibles de destruir, salvo que se recurra a la violencia.
Un hombre que vendía postes se quedó un día remoloneando en nuestra finca y me contó que una vez había tenido ochenta pavos reales en su granja. Les dirigió un mirada nerviosa a dos que había cerca. «En la primavera, no podíamos oír ni nuestros propios pensamientos ─dijo─. En cuanto alzabas la voz, ellos alzaban la suya, si no antes. Todas nuestras vallas se tambaleaban. En el verano se comían todos los tomates del huerto. Las uvas moscatel corrían la misma suerte. Mi mujer decía que cuidaba las flores para ella y que no iba a consentir que se las comiera un pollo, por larga que tuviera la cola. Y en el otoño iban dejando plumas por todas partes y menuda lata dana recogerlas. Mi anciana abuela que tenía ochenta y cinco años y vivía entonces con nosotros, dijo un día: ‘O se van ellos o me voy yo’».
─¿Quién se fue? ─pregunté.
─Todavía nos quedan veinte en el congelador ─contestó.
─¿Y… ─dije, lanzando una elocuente mirada a los dos que rondaban por allí─ saben bien?
─No mejor que cualquier pollo ─respondió─, pero prefiero mil veces comérmelos a tener que oírlos.
Intento imaginarme que el pavo real que tengo frente a mí es el único que tengo, pero en ese momento viene uno a reunirse con él, otro se echa a volar desde el tejado, cuatro o cinco emergen con estruendo de los macizos de árbol de Júpiter, uno chilla desde el estanque y desde el granero me llegan los gritos del vaquero, denunciando a otro que ha saqueado el pienso para el ganado. En mi familia son dados a expresiones del estilo: «Ha llegado la hora de la verdad…».
No me gusta dejar mis pensamientos vagar por cauces malsanos, pero hay ocasiones en las que asuntos como el coste del alambre, el precio del pienso y el crecimiento anual de los pavos reales corren desbocados por mi mente. Últimamente tengo un sueño recurrente: tengo cinco años y soy un pavo real. Han enviado un reportero desde Nueva York y para celebrar la ocasión se ha dispuesto una mesa larga. Se servirá un plato excepcional: yo misma. Grito: «¡Socorro! ¡Socorro!», y me despierto. Entonces, desde el estanque, desde el granero, desde los árboles que rodean la casa, oigo que empieza ese coro jubiloso:
Sin hacer caso del día de los Pacos o los Borjas, hola Mar y compañía:
"EL CUENTO ACABA HABLANDO DE UN DRAGÓN, TAMBIÉN MUY OBSERVADOR; Y DE LO MUY BUENO Y MUY MALO QUE PUEDE SER CONTAR O LEER HISTORIAS". (Comentario de 20 de septiembre. Tras un gato, pavos reales).
No, Mar, el cuento no acababa hablando de un dragón. EL REY DE LAS AVES es el primer ESTUDIO de un libro de Flannery O’Connor titulado MISTERIOS Y MANERAS. (Misterios y Maneras).
Al hojearlo ojeamos mal, y como final de EL REY DE LAS AVES copiamos el de EL ESCRITOR Y SU PAÍS, segundo CUENTO. En el que, justo antes del FIN, sí sale un dragón; sin San Jorge, como podéis ver, con otro santo:
“San Cirilo de Jerusalén, cuando instruía a los catecúmenos escribió: «El dragón se sienta junto al camino, observando a los que pasan. Tened cuidado de que no os devore. Vamos al Padre de las almas, pero es necesario pasar junto al dragón». No importa la forma que adopte el dragón; es este misterioso pasar a su lado o entre sus mandíbulas de lo que seguirán tratando los relatos de alguna profundidad, y siendo éste el caso, exige un inmenso coraje, en cualquier época y país, no darle la espalda al contador de historias”.
« Y sus pavos... Su afición por estos animales regios son parte de su personalidad. En muchos de sus escritos aparecen reflejadas las hermosas plumas de estas aves; en sus cartas encontramos largas descripciones de sus comportamientos; tiene un ensayo dedicado al pavo y en varios cuentos aparece como motivo principal. Un acercamiento a esta, cuando menos estrafalaria, pasión puede llegar a través de uno de sus relatos. En él se nos cuenta la historia de una hacendada del Sur que contrata a una familia polaca a través de la intervención de un cura católico. La señora McIntyre cría pavos reales y la descripción del primer encuentro del presbítero con ellos dice así:
“El sacerdote dejó que sus ojos se alejaran hacia los pájaros. Estos habían llegado al centro del jardín. El pavo se detuvo de improviso y, haciendo una curva hacia atrás con el pescuezo, levantó la cola y la desparramó con un sonido de timbre trémulo. Flotaron hileras de pequeños soles preñados en un remolino verde y dorado sobre su cabeza. El sacerdote quedó transfigurado, la mandíbula floja. La señora McIntyre se preguntó dónde había visto alguna vez un viejo tan idiota.
–¡Cristo llegará de esa manera! –dijo en voz alta y alegre y se pasó la mano por la boca estupefacto.
“La cara de la señora McIntyre asumió una expresión puritana y se sonrojó. La mención de Cristo en una conversación la avergonzaba como el tema del sexo había avergonzado a su madre”.
La cría de pavos que cuidó durante muchos años partía de una sólida convicción: “Trato de ser firme y dejar que los pavos se multipliquen, porque estoy segura de que, al final, el mundo será de ellos”. Su amigo Fitzgerald ha revelado cómo la primera pareja de pavos la compró en Florida el mismo día que descubrió su incurable enfermedad; es casi inevitable pensar entonces que para ella eran un recordatorio de la transfiguración de Cristo al final de los tiempos.
Los últimos años de la vida de Flannery O’Connor estuvieron en palabras de Manuel Broncano, “marcados por una actividad febril, heroica si tenemos en cuenta su progresivo deterioro físico, y que la llevaría a escribir una última historia aun en su lecho de muerte. Una vida, pues, sencilla y truncada para una escritora que supo, con gran acierto en mi opinión, superar sus propias limitaciones para crear una obra que, aunque breve, merece un lugar privilegiado en la historia de la literatura de los Estados Unidos y de la humanidad”.
[...] Cuando murió –el 3 de agosto de 1964–, por una infección en el riñón debida a su enfermedad, escondía sus últimos relatos debajo de la almohada. Aunque se le había prohibido escribir, siguió corrigiendo sus textos hasta el final. Tenía sólo treinta y nueve años.
Cuando en una ocasión le preguntaron a Flannery O’Connor que por qué escribía, esta singular escritora sureña respondió sin vacilar: “Porque se me da bien”. Se trataba de una respuesta franca y sincera por la que, inmediatamente, después de pronunciarla, la escritora sintió que podía ser mal interpretada, pues parecía excesivamente audaz, casi presuntuosa.
Pero no era así, no nacía de la presunción, antes al contrario. Flannery O’Connor se sentía portadora de un extraordinario talento natural que debía custodiar y desarrollar: “Un talento natural de cualquier tipo es una responsabilidad importante. Es un misterio en sí mismo, algo gratuito y totalmente inmerecido, algo cuya utilidad real probablemente estará siempre oculta para nosotros”. [...] Más que una defensa de su peculiar manera de escribir, la reflexiones de esta narradora constituyen una verdadera obediencia al arte literario, considerado por ella como “la más impura, la más modesta y la más humana de las artes”. [...]»
EL TESORO DE 4º A
ResponderEliminarPor Mar H.B.
[16 de junio de 2024. ANIMA AESTATIS]
Me llamo Mar y tengo 9 años. Estoy en el C.E.I.P. Tomé Cano que es mi colegio. Mi clase es 4º A y me gusta mucho. Es grande, no hace calor ninguno, excepto cuando es junio.
Un día me encontraba haciendo un par de divisiones que nos había mandado Haydée cuando sentí una corriente de agua helada, ¡qué raro!, era verano y hacía un calor horroroso. Miré alrededor de la clase y comprobé que no era ningún compañero soplándome en la espalda. Tenía mucha intriga, así que pedí ir al baño para salir fuera a investigar de dónde había salido la corriente. Miré por todas las ventanas pero no había nada de aire.
De pronto un gran objeto cayó sobre mi cabeza: ¡Ay, qué dolor! Ya más recuperada del golpetazo miré lo que era y para mi sorpresa era…¡Un tesoro! Pues vaya aterrizaje, podría haber tenido más cuidado. Fui al baño para abrirlo tranquilamente sin correr el riesgo de que me viera un profesor. Me encerré en el baño y traté de abrirlo. Pero, ¡qué cabezota!, sin llave no hay tesoro.
Pensé que se habría perdido, así que salí a buscarla, pero no la encontré. No había llave pero sí una nota que ponía que el tesoro pertenecía a 4º A y si encontraba tres monedas, la llave llegaría. ¿Cómo? No he entendido nada pero hice caso a la nota y busqué las monedas que según decía el cofre eran de oro. Mi clase se ofreció a ayudarme y en dos semanas ya teníamos las tres monedas.
Pero la llave no llegó hasta el día de Canarias. Fui corriendo a por el tesoro y lo abrí. Dentro había… ¡Pelotas de la suerte! Y también divisiones de felicidad. El cofre nos puso a prueba para ver nuestro espíritu de equipo.
FIN
«La búsqueda de "DIVISIONES DE CALMA PARA EL ALMA" no obtuvo ningún resultado.» (GOOGLE)
En los abuelos (*)
─Sólo Mar los entiende─
No existe el tiempo.
En los abuelos (*)
─Sólo el mar los entiende─
No existe el tiempo.
Además, ellos (*),
De tan frágiles que eran,
No se rompieron.
________________
(*) Y las abuelas,
¡Sí! Repetirlo tanto
No es cosa buena.
A ardillas y peces,
ResponderEliminarles echaba Mar bailando,
gusanos y nueces.
GATOS, HORMIGAS,
EliminarPECES Y UNA VENTANA
con muchas niñas.
Que no quieren cerrarla
porque ya no llovizna.
Gracias, Mar, por tu dibujo de GATOS, HORMIGAS,
ResponderEliminarPECES Y UNA VENTANA; y por todos los demás originales.
En la ventana,
de azul intenso ya
los lazos rojos.
Gatos, hormigas:
No se olviden las pipas
ni las sardinas.
Dijo una hormiga:
“HAY PIPAS PARA TODOS”,
(A Mar, de niña).
Mar a Rodolfo:
NO SE COMAN USTEDES
UNOS A OTROS.
Más que EL OGRO BARTOLO o EL CAPITAL,
¡Vivan Ana, Miguel, Mar y MAMÁ!
Hola, Mar: Aquí París, ICI PARIS.
ResponderEliminar¿Os enseña francés Haydée? A un compañero de tu abuela y maestro de mamá, le gustaba hacerlo con sus niños. Por eso, quizá me equivoco trayendo ahora a Haydée contigo a Málaga.
"Los niños cumplen ese milagro adorable de seguir siendo niños al tiempo que ven a través de nuestros ojos".
Eso escribió René Char. Te lo copio en francés y mayúsculas.
LES ENFANTS RÉALISENT CE MIRACLE ADORABLE DE DEMEURER DES ENFANTS ET DE VOIR PAR NOS YEUX.
Ayer en Gibralfaro dos ardillas comprobaron, Mar, que tu abuelo transformándose está en dinosaurio. Pero que había solución. La cosa, a coro dijeron, no será tan grave como la pintan los podólogos de la Malagueta,
ResponderEliminarSI CERCA DEL MAR UNA NIÑA, CON UNAS TIJERAS CORTA EL LARGO PELO SOLITARIO QUE ENTRE LAS CEJAS LE CRECE.
Quien no los necesitara:
ResponderEliminarMiles de ojos de sardinas
Marita coleccionaba.
PECES DESDE UNA VENTANA
(PARA SALOMÓN Y ANA)
Hoy, San Juan Eudes;
Eliminarmañana, San Bernardo.
Dardos y duendes.
DE AYER
Hoy Santa Elena,
y mañana con Mar:
la luna llena.
MAR ENFADADA
Eliminar─Duendes y dardos
nada tienen que ver,
¡por San Bernardo!
***
─¿Ni conejos y nardos? ─pregunta San Pío X, Papa, hoy desde su alambique.
Le dio por coleccionar
EliminarMILES DE OJOS DE SARDINAS.
Por devolverlos al mar.
¿ASÍ MEJOR?
Así mejor.
EliminarPRINCESA MONA.
ResponderEliminar─Pase, pase, que pase...
Y TODO ESO.
ROCCO EN LA LONA.
Eliminar─Pase, pase, que pase...
Y TODO ESO.
UN GATO
ResponderEliminarque no supo hacer
ni antes ni después del salto
un solo buen PLIÉ
Y PAVOS REALES, Mar:
ResponderEliminarCuando volviste al Tomé Cano, la abuela y yo nos acordamos de ti releyendo EL REY DE LAS AVES. El cuento de una niña a quien los pavos reales le gustaban mucho; demasiado, según lo que de sí misma decía:
"Tenía que tener cada vez más pollos [de pavo real]. Daba preferencia a los que tuvieran un ojo verde y otro naranja, o cuellos demasiado largos, o crestas torcidas. Quería tener uno con tres patas, o con tres alas, pero esta variedad no prosperó".
La niña observaba muy bien a pavos y pavas reales:
“El pavo real se pavonea en serio sobre todo en primavera y verano, porque es cuando puede desplegar la cola en todo su esplendor. Normalmente empieza poco después de desayunar, se pavonea durante varias horas, desiste en las horas de más calor, y prosigue a la caída de la tarde. Cada macho tiene un sitio preferido donde actúa todos los días, con la esperanza de atraer a alguna hembra que pase por allí. Pero si hay alguien indiferente a las exhibiciones del pavo real, al margen del operario de teléfonos, es la pava. Rara vez le dirige una mirada. El macho, trazando en torno a sí un arco centelleante con la cola, da vueltas y revueltas, toca el suelo con las plumas de color arcilla de las alas, danza hacia delante y hacia atrás, el cuello curvo, el pico abierto, los ojos chispeantes. Mientras, la pava sigue a lo suyo, rastreando diligentemente el suelo, como si cualquier insecto oculto entre la hierba fuese más importante que ese mapa del universo que acaba de desplegarse y flota junto a ella”.
El cuento acaba hablando de un dragón, también muy observador; y de lo muy bueno y muy malo que puede ser contar o leer historias.
Muchos abrazos, Mar. Qué bien tú de nuevo en el COLEGIO TOMÉ CANO que no, que no es ningún dragón.
SIGAN, MAR, PAVOS Y PAVAS REALES.
ResponderEliminar"Empecé a juntar pollos desde el día en que visitamos a mi abuela Adriana y ella me enseñó sus gallinas. Lo que había sido hasta entonces un tibio interés se convirtió en una pasión, en una búsqueda. Tenía que tener cada vez más pollos. Daba preferencia a los que tuvieran un ojo verde y otro naranja, o cuellos demasiado largos, o crestas torcidas. Quería tener uno con tres patas, o con tres alas, pero esta variedad, por suerte o desgracia, no prosperó. Me ponía a pensar delante de una imagen del libro INCREÍBLE PERO CIERTO que mostraba a un gallo que había sobrevivido treinta días sin cabeza, pero no era científico mi ánimo. Como sabía coser un poco, comencé a confeccionarles trajes a los pollos. Un gallo gris enano lucía un abrigo de piqué blanco con cuello de encaje y dos botones a la espalda.
Mi búsqueda, fuera cual fuese su verdadero objeto, se orientó finalmente hacia los pavos reales. Fue el instinto y no el saber lo que me llevó a ellos. Nunca había visto ni oído a ninguno. Aunque tenía un corral con faisanes y otro con codornices, una parvada de pavos, diecisiete ocas, una partida de azulones, tres gallinas japonesas sedosas enanas, dos polacas moñudas, y varios pollos resultantes del cruce de estas dos últimas con un gallo, sentía que me faltaba algo. Sabía que el pavo real era el ave de Hera, la esposa de Zeus, pero debía de haber perdido parte de su celestial estatus desde entonces: el periódico de Florida que leía mi padre ofrecía ejemplares que de tres años a sesenta y cinco dólares la pareja. Llevaba varios años leyendo estos anuncios tranquilamente cuando un día, en un arrebato, señalé uno con un círculo y le pasé la revista a mi madre. Vendían un pavo real con su pava y cuatro pavipollos de siete semanas. «Me los voy a pedir», dije.
—¿No se comen las flores esos bichos? —preguntó mi madre, después de leer el anuncio.
—Comerán su pienso, como todos los demás —contesté.
Los pavos reales llegaron en el expreso un día templado de octubre. Cuando mi madre y yo llegamos a la estación, el cajón estaba en el andén, y por una de las esquinas asomaba un cuello azul eléctrico coronado por una cabeza encopetada. Una línea blanca, encima y debajo de cada ojo, confería a la inquisitiva cabeza una expresión de atenta serenidad. Me preguntaba si esta ave, acostumbrada a desfilar por los naranjales de Florida, se adaptaría fácilmente a nuestra granja lechera de Georgia. Me bajé del coche de un salto y fui dando brincos hasta el cajón. La cabeza se encogió.
Cuando llegamos a casa liberamos a nuestro pasaje y lo alojamos en un corral cubierto. El hombre que me vendió los pavos me había dicho por escrito que debía tenerlos encerrados durante una semana o diez días y soltarlos al atardecer donde quisiera que pasaran la noche; en lo sucesivo, regresarían todas las noches al mismo lugar. También me advirtió de que el macho no tendría todas las plumas de la cola a su llegada, porque se le caen a finales del verano y no las recupera completamente hasta después de Navidades.
(CONTINUARÁ, MAR. UN ABRAZO DE TUS ABUELOS PENINSULARES)
“En cuanto estuvieron fuera del cajón, me senté encima y empecé a mirarlos. No he dejado de mirarlos desde entonces, desde todos los ángulos, y siempre con la misma reverencia de aquella primera vez; no obstante, creo que he logrado mantener una visión equilibrada y una actitud imparcial. El pavo real que había comprado no tenía nada remotamente parecido a una cola, pero no sólo se comportaba como si la tuviese, sino como si lo escoltase todo un séquito encargado de velar por ella. En aquella primera ocasión, nada me acuciaba más que decidir dónde detener la mirada, así que saltaba incesantemente del pavo a la pava y de la pava a los cuatro pavipollos, mientras que ellos, en señal de que habían reparado en mi presencia, se alejaron de mí cuanto pudieron.
ResponderEliminarCon el paso de los años su actitud hacia mí no ha ganado en cortesía. Si aparezco con comida, condescienden a comerla de mi mano cuando no les queda otro remedio. Si aparezco con las manos vacías, soy un objeto más. Y cuando digo «mis» pavos, el posesivo sólo indica un vínculo legal, nada más. Soy la criada, siempre a su entera disposición y atenta a los reclamos de sus emplumadas señorías. Cuando los saqué del cajón la primera vez, en mi delirio, exclamé: «Quiero tener tantos, que cada vez que salga por la puerta me tropiece con uno». Ahora, cada vez que salgo por la puerta, cuatro o cinco pavos reales se chocan conmigo, dando sólo una ligerísima señal de que me han reconocido. Han pasado nueve años desde que llegaron mis primeros pavos. Tengo cuarenta picos que alimentar. La necesidad agudiza el ingenio, y algunas cosas más.
Para una especie destinada a alcanzar una belleza tan excepcional, el pavo real viene al mundo con un aspecto nada prometedor. El pavipollo es del mismo color que esas enormes polillas repugnantes que revolotean alrededor de las bombillas en las noches de verano. Lo único que resalta son los ojos, de un gris luminoso, y una cresta marrón que empieza a apuntarle cuando tiene diez días, y que se parece primero a las antenas de un insecto y luego a las plumas que llevan los indios en la cabeza. A las seis semanas le salen unas motas verdes en el cuello, y pocas semanas más tarde, ya se puede distinguir al macho de la hembra por las pintas del dorso. El dorso de la pava va fundiéndose en un gris uniforme y enseguida alcanza el aspecto que tendrá para siempre. Aunque no cuente con una larga cola ni con otros adornos de relieve, nunca he pensado que la pava carezca de atractivo. Incluso en una o dos ocasiones he llegado a pensar que es más bonita que el macho, más sutil y refinada. Pero son momentos de audacia que se pasan enseguida.
Hacen falta dos años para que el plumaje del macho adquiera su decoración definitiva y, durante el resto de su vida, se comportará como si él mismo la hubiera diseñado. Durante los dos primeros años de vida, parece que está hecho de retales y que los ha cosido una mano poco imaginativa. El primer año tiene la pechuga beis, el dorso moteado, el cuello verde de la madre, y una corta cola gris. El segundo, tiene la pechuga negra, el cuello azul del padre, y un dorso que va virando paulatinamente al verde y oro que tendrá para siempre, pero ni asomo de larga cola. El tercer año entra en la edad adulta y por fin la adquiere. Y el resto de su vida —un pavo real puede vivir hasta treinta y cinco años— no tendrá nada mejor que hacer que acicalársela, desplegarla y recogerla, danzar hacia adelante y hacia atrás cuando la extiende, chillar cuando se la pisan, y arquearla cuidadosamente cuando cruza un charco".
"No todas las partes del pavo real cautivan la mirada por igual, ni siquiera cuando se ha desarrollado del todo. Las plumas superiores de las alas están veteadas de blanco y negro, y podría haberlas tomado prestadas de un pollastre cualquiera. Las de las puntas de las alas son de color arcilla; las patas, largas, finas y gris hierro; los pies, grandes. Y se diría que lleva uno de esos pantalones cortos de verano que están ahora tan en boga entre los ‘playboys’. Estos pantaloncitos, beis y suaves, se prolongan bajo lo que podría ser un chaleco de un azul casi negro. Uno no se sorprendería de verle colgar una cadena de reloj, pero no asoma ninguna. Examinando el aspecto del pavo real con la cola recogida, me parece que las partes no guardan proporción con el conjunto. La verdad es que así lo único que lo salva de convertirse en un hazmerreír es su porte. Cuando despliega la cola inspira todo un abanico de emociones, pero todavía no he oído a nadie reírse.
ResponderEliminarLa reacción habitual es el silencio, por lo menos durante un rato. Para abrir la cola, el macho se sacude violentamente hasta que gradualmente se alza, trazando un arco en torno a sí. Entonces, antes de que nadie haya tenido la oportunidad de verlo, se gira y da la espalda al espectador. Algunos lo han tomado como insulto; otros, como capricho. Mi interpretación es que el pavo real experimenta idéntica satisfacción exhibiendo cualquiera de sus lados. Desde que crío pavos reales, vienen a visitarme al menos una vez al año alumnos de primero de primaria, que aprenden viviendo las cosas en primera persona. Estoy acostumbrada a oírles gritar a coro cuando el pavo se da la vuelta: «¡Oh, mirad su ropa interior!». Esta «ropa interior» es una cola gris que se eriza para sostener la más grande, y más abajo, una borla de plumas negras digna de que alguna mujer regia de verdad —una Cleopatra o una Clitemnestra— la utilizase para empolvarse la nariz.
Cuando el pavo real ofrece la espalda, el espectador comienza normalmente a dar vueltas para verlo de frente, pero el pavo no cesa de girar, de modo que resulta imposible. Lo que hay que hacer es quedarse quieto y esperar a que le plazca darse la vuelta. Cuando le apetezca, se pondrá de frente. Y entonces podréis ver en un arco de verde broncíneo una constelación de soles aureolados y vigilantes. Éste es el momento en que la mayoría guarda silencio.
«¡Amén!, ¡Amén!», gritó una vieja negra una vez ante este espectáculo, y he escuchado otros muchos comentarios similares en este trance que muestran la inadecuación del lenguaje humano. Hay quienes silban; otros, por una vez, se callan. Un camionero, que circulaba con un cargamento de heno cuando se encontró con un pavo real girándose delante de él en medio de la carretera, gritó: «¡Mira el papanatas!», y dio un apabullante frenazo que detuvo el camión en seco. Nunca he visto a un pavo que haya dejado de pavonearse para moverse un milímetro porque venga un camión, un tractor o un coche. Le toca al vehículo quitarse de en medio. Nunca han atropellado a ninguno de mis pavos, aunque un año la máquina de cortar el césped le segó una pata a uno".
"He descubierto que mucha gente es incapaz por naturaleza de apreciar la vista que ofrece un pavo real. Una o dos veces me han preguntado que «para qué sirve» un pavo, una pregunta que nunca obtiene de mí respuesta alguna porque no la merece. La compañía de teléfonos envió un día a un operario para que nos arreglasen la línea. Cuando terminó su trabajo, el hombre, un tipo grande con una expresión suspicaz, medio oculta por un casco amarillo, se quedó dando vueltas, intentando engatusar a un pavo que lo había estado observando para que desplegase la cola. Quería sumar esta experiencia a una larga lista de otras que parecía haber tenido.
ResponderEliminar—Vamos, tío —dijo—, ponte las pilas. ¡Arriba! ¡Vamos, ábrela, ábrela!
El pavo, por supuesto, no le hizo ni caso.
—¿Qué le pasa? —preguntó el hombre.
—Nada —contesté—. La abrirá enseguida. Lo único que tiene que hacer es esperar.
El hombre siguió dando vueltas detrás del pavo durante unos quince minutos; entonces, contrariado, se metió en su camión y arrancó. El pavo comenzó a sacudirse, y alzó la cola en torno suyo.
—¡La está abriendo! —grité—. ¡Eh, espere! ¡La está abriendo!
El hombre dio marcha atrás bruscamente justo cuando el pavo se giraba y se ponía frente a él con la cola extendida. El despliegue era perfecto. El pavo se giró ligeramente hacia la derecha y los pequeños planetas que pendían sobre él destacaban sobre un fondo broncíneo; luego se giró ligeramente hacia la izquierda y relucían sobre un fondo verde. Me acerqué al camión para ver la impresión que causaba en el hombre este espectáculo.
Inmóvil, lo miraba con tal fijeza y concentración, que se diría que estaba intentando leer la letra pequeña de un contrato a cierta distancia. En un segundo, el pavo recogió la cola y se marchó airadamente.
—Bueno, ¿qué le ha parecido? —le pregunté.
—En mi vida había visto unas patas tan largas y tan feas —respondió el hombre—. Apuesto a que ese bribón podría adelantar a un autobús.
Hay quienes se emocionan sinceramente ante la visión de un pavo real, aunque tenga la cola recogida, pero no lo admitirían nunca. Otros parecen montar en cólera. Quizá sospechan que el pavo se ha formado una opinión poco favorable de ellos. El pavo real es un inspector meticuloso y solemne. Nuestras visitas, en vez de por ladridos de perros que salen disparados del porche, son recibidas por los chillidos de los pavos reales, por cuellos azules y cabezas crestadas que surgen como con un resorte tras las matas de hierba, que otean desde los matorrales, que se inclinan desde el tejado hasta donde han volado, quizá por las vistas. Un día, uno de mis pavos salió de debajo de los arbustos y se fue a examinar de cerca un coche lleno de gente, que había venido para comprar un becerro. Según se acercaba el pavo, un viejo y cinco o seis niños de pelo albino y descalzos comenzaron a amontonarse fuera del coche. En cuanto lo vieron, se pararon en seco y se quedaron mirando, evidentemente molestos por esta soberbia figura que les cortaba el paso. Permanecieron en silencio mientras el pavo los miraba, con la cabeza reclinada según su más majestuoso ángulo y la cola replegada destellando al sol.
—¿Qué es ese bicharraco? —preguntó finalmente uno de los críos con voz hosca.
El viejo había salido del coche y tenía los ojos clavados en el pavo, con una mezcla de estupefacción y reconocimiento.
«No he visto uno desde que vivía mi abuelo —dijo, quitándose el sombrero en señal de respeto—. Antes la gente los tenía en las casas, pero ahora no».
—¿Qué es? —preguntó de nuevo el chico, con el mismo tono de antes.
—Niños —dijo el viejo—, ¡es el rey de las aves!
Los niños acogieron esta información en silencio. Un minuto después, regresaron al coche y siguieron mirando al pavo desde allí, con aire de fastidio, como si les molestase que el viejo hubiera dicho la verdad".
El pavo real se pavonea en serio sobre todo en primavera y verano, porque es cuando puede desplegar la cola en todo su esplendor. Normalmente empieza poco después de desayunar, se pavonea durante varias horas, desiste en las horas de más calor, y prosigue a la caída de la tarde. Cada macho tiene un sitio preferido donde actúa todos los días, con la esperanza de atraer a alguna hembra que pase por allí. Pero si hay alguien indiferente a las exhibiciones del pavo real, al margen del operario de teléfonos, es la pava. Rara vez le dirige una mirada. El macho, trazando en torno a sí un arco centelleante con la cola, da vueltas y revueltas, toca el suelo con las plumas de color arcilla de las alas, danza hacia delante y hacia atrás, el cuello curvo, el pico abierto, los ojos chispeantes. Mientras, la pava sigue a lo suyo, rastreando diligentemente el suelo, como si cualquier insecto oculto entre la hierba fuese más importante que ese mapa del universo que acaba de desplegarse y flota junto a ella.
ResponderEliminarAlgunos se piensan que el único que extiende la cola es el macho, y que lo hace exclusivamente en presencia de la hembra. No es verdad. A las pocas horas, un pavo recién salido del cascarón empieza a extender la cola que tenga —que será del tamaño de la uña de un pulgar— y a pavonearse y a dar vueltas, a retroceder y a inclinarse, como si tuviera tres años y alguna razón para hacerlo. Las pavas alzan la cola cuando encuentran en el suelo algo que las asusta, y también cuando no tienen nada mejor que hacer y sopla un aire fresco. A los pavos se les sube enseguida el aire fresco a la cabeza y los predispone a juguetear. Entonces danzan en grupo, o cuatro o cinco se persiguen alrededor de un árbol o de un matorral. A veces, uno se persigue a sí mismo, pone fin a su delirio con un enérgico salto en el aire y se marcha airadamente, como si él no hubiera participado en el espectáculo.
A menudo, cuando el macho alza la cola decide elevar también la voz. Parece que recibe desde el centro de la tierra una descarga que le sube desde las patas a la garganta hasta que la deja escapar: ¡III-OUU-AAII! ¡LII-OUU-AAII! A los melancólicos les parece un grito melancólico; a los histéricos, histérico. A mí me ha sonado siempre a vítores aclamando un desfile invisible.
La pava no es muy dada a estas explosiones. Emite un sonido parecido al rebuzno de una mula —HII-HAA, HII-HAA, HII-HAAAA—, y sólo en caso de necesidad. En otoño e invierno los pavos reales suelen estar callados, salvo que algún alboroto interrumpa su calma. Pero en primavera y verano, de día y de noche, en breves intervalos, el macho, agachando el cuello y echando hacia atrás la cabeza, da siete u ocho chillidos seguidos, como si no hubiese en el mundo un mensaje que necesitase ser escuchado con más urgencia que el suyo.
Por la noche estos reclamos adoptan un tono más bajo y flotan en el aire en varios kilómetros a la redonda. Ha pasado ya mucho tiempo desde aquel atardecer cuando dejé a mi primera partida de pavos en los cedros que hay detrás de la casa para que pasaran la noche. Todavía hay quince o veinte que duermen ahí. Pero el viejo macho procedente de Eustis, Florida, reposa en lo alto del granero; el pavo al que le segó la pata la máquina de cortar el césped descansa en la techumbre plana de un cobertizo próximo a la cuadra; otros, en los árboles junto al estanque; algunos más, en los robles que flanquean la casa, y hay uno al que no podemos disuadir de que no duerma en el depósito del agua. Desde todos estos puntos resuenan reclamos y respuestas a lo largo de la noche. Quizá el pavo real tiene sueños violentos. A menudo, se despierta y grita: «¡Socorro! ¡Socorro!». Y entonces, desde el estanque, desde el granero, desde los árboles que rodean la casa, se inicia un coro de invocación:
LII-ION LII-ION,
¡MII-ION MII-ION!
¡III-I-IOI III-I-IOI!
¡III-I-IOI III-I-IOI!
Y el que duerme sin reposo se pregunta si vela o sueña.
Es difícil contar la verdad sobre esta ave. Los hábitos de un pavo a solas apenas serían perceptibles, pero multiplicados por cuarenta dan lugar a un auténtico enredo. Tenía razón cuando dije que mis pavos comerían pienso; también comen de todo lo demás. Flores, en particular. Los temores de mi madre se vieron ampliamente confirmados. Los pavos reales no sólo se comen las flores, sino que se las comen sistemáticamente, comenzando por el principio de la hilera y siguiendo hasta el final. Si no tienen hambre, picotean la flor de todas formas si es bonita, y la dejan caer. Para su dieta habitual prefieren los crisantemos y las rosas. Cuando no se las comen, les encanta reposar sobre ellas, y allí donde reposan terminan haciendo un agujero para darse un baño de tierra. Un parterre de flores no es sitio para que ninguna ave realice estos menesteres, pero menos todavía un pavo, que va dejando hoyos del tamaño de un pequeño cráter. Durante el baño, poco les falta para desaparecer completamente de la vista bajo la polvareda. Normalmente, cuando llegamos a todo galope con la escoba en ristre, de entre la nube de polvo y la cascada de flores no podemos distinguir más que algunas plumas verdes y un ojillo que brilla de placer.
ResponderEliminarLas relaciones entre los pavos y mi madre fueron tensas desde el principio. Al comienzo, se veía obligada a madrugar y a salir con las tijeras de podar para llegar a las rosas Lady Bankshire y Herbert Hoover antes de que alguno se las hubiera desayunado. Ahora ha resuelto a medias el problema cercando los parterres con una alambrada de cientos de metros de largo y sesenta centímetros de alto. Ella sostiene que los pavos no son tan listos como para saltarse una valla baja: «Si fuese alta —dice—, se subirían a ella y pasarían al otro lado, pero como es baja, no son tan listos como para saltársela».
Es inútil discutir este asunto con ella. «Es que no es un reto para ellos», le digo, pero ella ya se ha formado su propia idea.
Además de flores, los pavos también comen fruta, un hábito que los ha indispuesto con mi tío, que mandó plantar higueras por toda la finca porque él también tiene debilidad por los higos. «¡Echad a ese canalla!», ruge, levantándose de la silla en cuanto oye el chasquido de una rama que se rompe, y tenemos que salir corriendo con la escoba hasta la higuera.
A los pavos también les encanta revolotear hasta el pajar y comerse los cacahuetes de la cosecha, lo que no les ha granjeado la simpatía de nuestro vaquero. Y como también tienen predilección por las verduras frescas del huerto, a menudo andan a la gresca con su mujer.
Al pavo real le gusta posarse en los postes de vallas y portones, y dejar pender la cola. Un pavo real en una valla es un espectáculo soberbio. Seis o siete en una puerta escapan a toda descripción, aunque la puerta se resiente. Los postes de nuestras vallas tienden a ladearse en un sentido o en otro y todos nuestros portones se abren en diagonal.
En resumen, soy la única que está dispuesta a respaldar, con un ánimo que no se queda en la tolerancia, la presencia de los pavos reales. A cambio, he sido bendecida con su rápida multiplicación. Según las cifras de población que doy a conocer, tengo cuarenta, pero hace algún tiempo que actualizar el censo dejó de parecerme sensato. Antes de criarlos me dijeron que eran difíciles de criar. ¡Pero, ay de mí, que no es verdad! En mayo la pava hace un nido en el rincón de alguna valla y pone cinco o seis huevos enormes de color beis. Desde ese momento, una vez al día, suelta un brusco ¡HII-HAA! y sale del nido como un cohete. Entonces, durante media hora, con el cuello erizado y tendido hacia delante, desfila por la finca, proclamando su empresa. Yo escucho con sentimientos encontrados.
Veintiocho días después, la pava sale con cinco o seis polluelos que parecen polillas y no cesan de murmullar. El macho los ignora, a menos que alguno acabe entre sus patas, en cuyo caso les da picotazos en la cabeza hasta que se apartan, pero la pava es una madre vigilante y todos los años sobrevive un buen número de pequeñuelos. Los que en el invierno resisten a las enfermedades y a los depredadores ─el halcón, el zorro y la zarigüeya─ parecen imposibles de destruir, salvo que se recurra a la violencia.
ResponderEliminarUn hombre que vendía postes se quedó un día remoloneando en nuestra finca y me contó que una vez había tenido ochenta pavos reales en su granja. Les dirigió un mirada nerviosa a dos que había cerca. «En la primavera, no podíamos oír ni nuestros propios pensamientos ─dijo─. En cuanto alzabas la voz, ellos alzaban la suya, si no antes. Todas nuestras vallas se tambaleaban. En el verano se comían todos los tomates del huerto. Las uvas moscatel corrían la misma suerte. Mi mujer decía que cuidaba las flores para ella y que no iba a consentir que se las comiera un pollo, por larga que tuviera la cola. Y en el otoño iban dejando plumas por todas partes y menuda lata dana recogerlas. Mi anciana abuela que tenía ochenta y cinco años y vivía entonces con nosotros, dijo un día: ‘O se van ellos o me voy yo’».
─¿Quién se fue? ─pregunté.
─Todavía nos quedan veinte en el congelador ─contestó.
─¿Y… ─dije, lanzando una elocuente mirada a los dos que rondaban por allí─ saben bien?
─No mejor que cualquier pollo ─respondió─, pero prefiero mil veces comérmelos a tener que oírlos.
Intento imaginarme que el pavo real que tengo frente a mí es el único que tengo, pero en ese momento viene uno a reunirse con él, otro se echa a volar desde el tejado, cuatro o cinco emergen con estruendo de los macizos de árbol de Júpiter, uno chilla desde el estanque y desde el granero me llegan los gritos del vaquero, denunciando a otro que ha saqueado el pienso para el ganado. En mi familia son dados a expresiones del estilo: «Ha llegado la hora de la verdad…».
No me gusta dejar mis pensamientos vagar por cauces malsanos, pero hay ocasiones en las que asuntos como el coste del alambre, el precio del pienso y el crecimiento anual de los pavos reales corren desbocados por mi mente. Últimamente tengo un sueño recurrente: tengo cinco años y soy un pavo real. Han enviado un reportero desde Nueva York y para celebrar la ocasión se ha dispuesto una mesa larga. Se servirá un plato excepcional: yo misma. Grito: «¡Socorro! ¡Socorro!», y me despierto. Entonces, desde el estanque, desde el granero, desde los árboles que rodean la casa, oigo que empieza ese coro jubiloso:
LII-ION LII-ION,
¡MII-ION MII-ION!
¡III-I-IOI III-I-OI!
¡III-I-IOI III-I-OI!
Tengo la intención de mantenerme firme y dejar que los pavos reales se multipliquen, pues estoy segura de que, al final, la última palabra será suya.
FIN
Sin hacer caso del día de los Pacos o los Borjas, hola Mar y compañía:
ResponderEliminar"EL CUENTO ACABA HABLANDO DE UN DRAGÓN, TAMBIÉN MUY OBSERVADOR; Y DE LO MUY BUENO Y MUY MALO QUE PUEDE SER CONTAR O LEER HISTORIAS". (Comentario de 20 de septiembre. Tras un gato, pavos reales).
No, Mar, el cuento no acababa hablando de un dragón. EL REY DE LAS AVES es el primer ESTUDIO de un libro de Flannery O’Connor titulado MISTERIOS Y MANERAS. (Misterios y Maneras).
Al hojearlo ojeamos mal, y como final de EL REY DE LAS AVES copiamos el de EL ESCRITOR Y SU PAÍS, segundo CUENTO. En el que, justo antes del FIN, sí sale un dragón; sin San Jorge, como podéis ver, con otro santo:
“San Cirilo de Jerusalén, cuando instruía a los catecúmenos escribió: «El dragón se sienta junto al camino, observando a los que pasan. Tened cuidado de que no os devore. Vamos al Padre de las almas, pero es necesario pasar junto al dragón». No importa la forma que adopte el dragón; es este misterioso pasar a su lado o entre sus mandíbulas de lo que seguirán tratando los relatos de alguna profundidad, y siendo éste el caso, exige un inmenso coraje, en cualquier época y país, no darle la espalda al contador de historias”.
« Y sus pavos... Su afición por estos animales regios son parte de su personalidad. En muchos de sus escritos aparecen reflejadas las hermosas plumas de estas aves; en sus cartas encontramos largas descripciones de sus comportamientos; tiene un ensayo dedicado al pavo y en varios cuentos aparece como motivo principal. Un acercamiento a esta, cuando menos estrafalaria, pasión puede llegar a través de uno de sus relatos. En él se nos cuenta la historia de una hacendada del Sur que contrata a una familia polaca a través de la intervención de un cura católico. La señora McIntyre cría pavos reales y la descripción del primer encuentro del presbítero con ellos dice así:
ResponderEliminar“El sacerdote dejó que sus ojos se alejaran hacia los pájaros. Estos habían llegado al centro del jardín. El pavo se detuvo de improviso y, haciendo una curva hacia atrás con el pescuezo, levantó la cola y la desparramó con un sonido de timbre trémulo. Flotaron hileras de pequeños soles preñados en un remolino verde y dorado sobre su cabeza. El sacerdote quedó transfigurado, la mandíbula floja. La señora McIntyre se preguntó dónde había visto alguna vez un viejo tan idiota.
–¡Cristo llegará de esa manera! –dijo en voz alta y alegre y se pasó la mano por la boca estupefacto.
“La cara de la señora McIntyre asumió una expresión puritana y se sonrojó. La mención de Cristo en una conversación la avergonzaba como el tema del sexo había avergonzado a su madre”.
La cría de pavos que cuidó durante muchos años partía de una sólida convicción: “Trato de ser firme y dejar que los pavos se multipliquen, porque estoy segura de que, al final, el mundo será de ellos”. Su amigo Fitzgerald ha revelado cómo la primera pareja de pavos la compró en Florida el mismo día que descubrió su incurable enfermedad; es casi inevitable pensar entonces que para ella eran un recordatorio de la transfiguración de Cristo al final de los tiempos.
Los últimos años de la vida de Flannery O’Connor estuvieron en palabras de Manuel Broncano, “marcados por una actividad febril, heroica si tenemos en cuenta su progresivo deterioro físico, y que la llevaría a escribir una última historia aun en su lecho de muerte. Una vida, pues, sencilla y truncada para una escritora que supo, con gran acierto en mi opinión, superar sus propias limitaciones para crear una obra que, aunque breve, merece un lugar privilegiado en la historia de la literatura de los Estados Unidos y de la humanidad”.
[...] Cuando murió –el 3 de agosto de 1964–, por una infección en el riñón debida a su enfermedad, escondía sus últimos relatos debajo de la almohada. Aunque se le había prohibido escribir, siguió corrigiendo sus textos hasta el final. Tenía sólo treinta y nueve años.
Cuando en una ocasión le preguntaron a Flannery O’Connor que por qué escribía, esta singular escritora sureña respondió sin vacilar: “Porque se me da bien”. Se trataba de una respuesta franca y sincera por la que, inmediatamente, después de pronunciarla, la escritora sintió que podía ser mal interpretada, pues parecía excesivamente audaz, casi presuntuosa.
Pero no era así, no nacía de la presunción, antes al contrario. Flannery O’Connor se sentía portadora de un extraordinario talento natural que debía custodiar y desarrollar: “Un talento natural de cualquier tipo es una responsabilidad importante. Es un misterio en sí mismo, algo gratuito y totalmente inmerecido, algo cuya utilidad real probablemente estará siempre oculta para nosotros”. [...] Más que una defensa de su peculiar manera de escribir, la reflexiones de esta narradora constituyen una verdadera obediencia al arte literario, considerado por ella como “la más impura, la más modesta y la más humana de las artes”. [...]»